“¿Estás loca? ¿No sabes el problema que puede causar una cosa como esta?”, dijo mientras partía un huevo en el filo de la cacerola con tal fuerza que la cáscara se partió en mil pedazos que cayeron en la superficie de la estufa y dentro de la cazuela. “¡Diablos!”, gruñó mientras agarraba un trapo para limpiar los restos.
“Pero yo no hice nada”, protestó Zanny. “Sólo actué por una causa en la que creo. Estaba dando una pauta. Si la gente sigue haciendo lo que hace, contaminando….”
Su padre sacudió la cabeza con impaciencia, mientras su rostro se tornaba más rojo que un tomate, el acto de su hija le parecía irracional en exceso. Fue en ese momento, cuando partió un huevo segundos después, en que un estruendo se dejó escuchar en el ambiente. Las luces parpadearon.
Y un coro de estruendos suprimió cualquier otro sonido que provenía del interior de la casa. Los vidrios de la cocina estallaron, los focos se apagaron finalmente. Cuando los sonidos cesaron, se escucharon voces desde afuera.
“Weiter, weiter!”
Zanny, curiosa, se asomó por la destruida ventana para ver qué pasaba. Un silbido se dejó escuchar, proveniente de los cielos, y las siluetas que ella vio en la calle desaparecieron al tiempo en que su padre la jalaba hacia atrás.
Otro estruendo retumbó por el aire.
Decidieron que sería mejor quedarse donde estaban por la noche, y ver qué había pasado cuando saliese el sol. Debido a la oscuridad, tuvieron que dormir ahí mismo, en la cocina. Zanny comenzó a llorar, en silencio.
Por la mañana, Mitch salió a ver los alrededores, dejando a Zanny en la casa no sin antes haberle ordenado permanecer ahí. Ahora con la luz del día, ella comenzó a andar por los pasadizos de su casa – o lo que quedaba de ella -. La escena en los otros ambientes de la vivienda era similar a la cocina: vidrios rotos, las ventanas destruidas; sin embargo los interiores se veían intactos.
Todo cambió cuando subió al segundo piso.
El techo había desaparecido. La parte superior de las paredes se había desmoronado, ahora restos de esta y del techo estaban regados en los pasillos de la dañada estructura. Corrió apresuradamente hacia su cuarto.
Su cómoda estaba reducida a trizas puntiagudas de madera, y trozos de las manijas de los cajones tirados por el piso. Dio unos pasos hacia lo que había sido su cama, y sitió cómo el cuerpo se le iba. El suelo había colapsado sobre el primer piso de la estructura. Cerró los ojos inútilmente, las lágrimas resbalaban por sus mejillas, haciendo que le ardiesen las pocas magulladuras que tenía en su rostro. De vuelta, escuchaba voces.
“Hier! Schnelle, komme!”
Era la voz de un joven de unos quince, catorce años. No lo vio al inicio porque estaba detrás de ella, y oírlo sólo la confundía más, hablando en un idioma que no entendía. ¿Dónde estaba? ¿qué había pasado?¿por qué estaba ahí?
La respuesta a la primera pregunta la supo amargamente cuando vio al joven, de cierto atractivo.
El muchacho llevaba un uniforme azul oscuro, y un quepí del mismo color. Pero no fue eso ni las relucientes botas ni los relucientes ojos del muchacho lo que llamó su atención y la estremeció a la vez. El chico estaba armado con un fusil.
Aún así, lo que más la espantó, fue ver aquella cruz en el brazo izquierdo del muchacho. Brillante sobre un fondo de dos bandas rojas separadas por una blanca, había una esvástica perfecta.
Nunca había sido buena en historia, pero sabía perfectamente una cosa.
Nazis => antiamericanismo
Dos hombres más llegaron a la escena, esta vez adultos vestidos con uniforme similar al del chico, pero negro y con un sombrero de oficial, que tenía como imagen central una calavera.
Se contuvo de pronunciar un fi o un fa, temía que la reconocieran por el acento.
El chico pasó su mano por su cinturón, que tenía, a un lado, una cantimplora. La sacó y le dio de beber a la chica. Ella le sonrió agradecida, y tomó un poco del agua que el joven le estaba ofreciendo. La escena no duró mucho, pues el sonido de una sirena cercana irrumpió. Los soldados y el chico se apresuraron a buscar un lugar seguro, y encontraron la entrada al sótano, al que entraron no sin ella.
Ahora la pregunta era simple. ¿qué hacía Alexandra Dugan en plena Segunda Guerra Mundial? Y más aún, ¿Dónde estaba su padre?
Buscando la respuesta en su mente, no se percató de un trozo de papel que cayó de su bolsillo a la escalera del sótano, ahora cerrado. El chico encendió una linterna, y vio el papel. Se acercó a este, lo recogió.
Zanny estaba muy distraída como para poder ver la maldad en los ojos del muchacho, que le susurró algo a uno de los adultos mientras les enseñaba el trozo de papel.
El muchacho se acercó a Zanny, y la golpeó violentamente contra el piso. Ella estaba muy indefensa como para protegerse, y muy distraída como para darse cuenta que el papel que el muchacho había recogido era la hoja doblada de un periódico que ella había copiado en la biblioteca.
El muchacho comenzó a desgarrar su blusa ya dañada, tirando los trozos de tela por el aire. Le arrancó el sostén a Zanny mientras los ojos de ella se empapaban y ella gemía de dolor. Comenzó a tocarla. Ella estaba demasiado conmocionada como para poder gritar algo apenas reconocible siquiera. El muchacho terminó de desvestir a Zanny, se bajó el cierre del pantalón y la violó.
Luego se la dejó a los dos hombres vestidos de negro.
Cuando terminaron, uno de ellos sacó una pistola de su funda y le disparó a quemarropa en la pierna. El muchacho hizo lo propio y le dio en la mano. Los tres se empezaron a reír sádicamente. Ella continuaba llorando. Fue en ese momento cuando el tercero sacó su arma, le apuntó en medio de los ojos y presionó el gatillo.
Abrió los ojos. Estaba tendida en la tierra, en medio de un camino en medio de la noche. Había arbustos a ambos lados, y un río y un puente a su espalda. Apenas se levantó, vio como un caballo oscuro, con una oscura silueta sobre él, se acercaba por el extremo opuesto del camino, hasta detenerse a su costado. Zanny, ingenua, vio al jinete como la oportunidad de salir de ahí y subió al pequeño carro que el caballo tenía detrás.
No sabía donde la había dejado el carro, solo habían plantas, el camino, y…un castillo a su alrededor. Curiosa, entró a este. Las puertas se cerraron solas. Se asustó, pero la sorpresa superó al susto cuando vio a su padre del otro lado del salón de entrada del castillo. Corrió a abrazarlo. Mitch la guió hasta el comedor, donde ella comió gustosa, tenía más hambre de la normal.
Luego de la cena, Mitch indicó a Zanny donde estaba su dormitorio, y aclaró que el se quedaría viendo algunos papeles abajo por un rato más. Zanny no sospechó de él, subió y se acostó en el cuarto que su padre le había asignado.
Durmió por una media hora, pero se despertó súbitamente. Un susurro llegaba a su oído. “Melissa, Melissa”. Y otra vez, “Melissa, Melissa”. Y luego el silencio. La puerta de la habitación se abrió de golpe, sin nadie ahí salvo ella. Perturbada pero no lo suficiente, apenas pudo conciliar el sueño.
Lo que no pudo hacer fue ver como la figura de su padre avanzaba silenciosamente por el corredor hacia su habitación. Tampoco pudo ver cómo dicha figura se transformaba en la de un ser horrendo. Su piel se tornaba más blanca que la tiza. Unas ojeras crecían por debajo de sus ojos. Se hacía más alto, sus uñas se alargaban, y el pelo de su cabeza desaparecía. Su silueta ahora era la misma del jinete que la recogió. Ella solo despertó para ver cómo el monstruo bebía de su cuello la sangre.
Despertó. Se había dormido en el salón de clases, justo en el momento en el que el profesor salía del aula y la mirada de todo el alumnado estaba clavada en ella. Tocó la campana. Cogió sus cosas y salió.
Se acordó de que su reloj estaba fuera de hora, y cuando se dispuso a corregirlo, vio un círculo rojo-morado en su mano. En ese momento, no recordó lo que había visto antes, sólo se preguntó por qué estaba así.
“Zanny, ¿qué te pasó en el cuello?”, preguntó una chica que pasó a su costado, para después estallar en carcajadas.
No le tomó mayor importancia al asunto, y regresó a casa, para encontrarse con cintas en la entrada que decían “Línea policial, no cruzar”, mientras un grupo de gente se acumulaba en la entrada a su casa.









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